María del Valle Rubio

A quien amas dale alas para volar, raíces para volver, y motivos para quedarse. Dalai Lama

POEMAS

 

M. V. En el parquewj.jpg

 

De tanto huir de mí

he llegado hasta mí.

Hasta la misma brecha donde el dolor anida.

Al último peldaño de mi fuga.

A un sin fin de preguntas sin respuestas.

Hasta la última luna de mis noches.

Se baten dos palomas cada instante

en el brocal del pozo

y no dejan resquicio

a la mano sedienta, exploradora,

que quiere tocar agua.

La blanca represalia continúa.

Es un lejano mar que me hipnotiza:

ha llegado y se va y me entristece,

lo tengo entre las manos, no suplica

su intensa libertad.

No tengo a qué aferrarme. Me lamento

de verme y de no verme ante mi sombra.

Tropezando me subo hasta la boca,

hasta la boca amarga de los días de exámenes.

hasta la nunca boca de mi otro yo.

Dejadme estar en mí.

La propia incertidumbre de vivir,

ha comenzado.

(De Residencia de olvido)

Abrázame,

mientras afuera

se construyen misiles

y la naranja viste su pureza

con cortezas de sol.

Mientras busca el verdugo

la paz en su vejez

y encuentra su delito.

Abrázame.

Rescátame del mundo.

(De Clamor de travesía)

Bella diosa

te yergues en la piedra

y eternizas las horas.

Ahí, mujer desnuda,

inconsciente y extraña,

semejas la figura

que los ojos quisieron.

Te poseen los pájaros,

la lujuria del viento,

o cualquier meteoro.

Abrazas la distancia

con los senos tendidos a poniente

y claridad de mármol.

Con imposible gesto tratas

de recobrar tus manos,

que aprisionan el sueño

de tu vientre infecundo.

Virgen, vestal paloma,

cariátide perdida en el jardín.

Pasas y siempre quedas

con las nalgas rientes

desmintiendo la nada.

(De Clamor de travesía)

Mirad, miradme.

Comedme con los ojos,

así, molécula a molécula.

Ya veis, me abandono.

Oh, ese viento

que roza mi cintura:

el tacto imaginario de la mano,

el misterio que roba a mi cerebro

una respuesta.

Dulce éxtasis del vértigo.

Se arrebata el instante de otro instante,

las porciones de mí,

posible subterfugio

de lealtad y siempre.

La boca,

orificio sin nubes

donde plasmar el beso.

Besadme,

así como confío,

avanzando en hoguera

(no cabe tanto fuego entre los dientes).

Decidme:

si el eterno fluir nos hace telarañas.

Arrancadme.

El cuarto movimiento de este baile

me fascina.

No me pesa tu cuerpo que avanza ciegamente.

Inevitable

decir lo inevitable.

(De Derrota de una reflexión)

Frente al muro perforado de ventanas

 

Yo me desvivo así

buscando un agujero

donde sembrar los ojos.

Quiébrese el muro, ofrece

posible panorama de la luz.

Mas las ventanas mudas

imitan las estrellas

de un cielo de hormigón.

En la noche yo soy otra ventana,

pira que reconoce

la dimensión del fuego

y extiende su barbecho

hacia otra llama.

Derrota de la noche mi locura

cuando me erijo tea

y desconozco

espejos y memoria,

cuando enlazo los puentes

sobre el muro

y me declaro río.

El río de ventanas que recorro.

La larga superficie de mujer

donde aboco y resido.

(De Derrota de una reflexión)

La muerte no, tus ojos. Medicina final que alivie

en la última hora. Sosiego de una tarde emparrada

de nubes. Jolgorio de los pájaros que sostienen la bóveda

y el crepúsculo gris, atemperado, caído sobre el gozne

del último silencio.

Porque sería morir sin tu mirada, no haber vivido nunca

y nada sería suficiente.

Mas el extraño goce de toda la inconsciencia

no sería capaz de dibujar tus labios, la lenta cercanía

del espacio del beso, la justa equivalencia de la boca

que muerde la otra boca, mi destino y tu risa,

el viento que me lleve hasta tu muerte,

entre la densa sombra del ciprés donde la espera

no tiene otra esperanza sino la muerte mutua.

Y aunque el mármol me aplaste la cuenca de los ojos,

yo seguiré buscando tu mirada.

Y, después, no seremos ni claridad ni mano,

ni siquiera refugio del uno para el otro,

tan sólo leve soplo en la arena,

que elevará su vuelo hacia otras regiones

donde la luz no habita.

(De El tiempo insobornable)

Idealizado autorretrato

Llevo medias de seda

y traje de satén tornasolado.

Como una dama antigua

sostengo la sombrilla, sutil y ladeada,

para causar buenísima impresión.

La fecha de la cita que deseo

no ha lugar en ningún

pergamino ni memoria y adolezco

de ese aire festivo

que pugna por nacer en mis mejillas.

No sé por qué retoco con carmín

mi vieja compostura y ribeteo

el borde de mis párpados

con una línea oscura.

Casi todo me lo ofrece el espejo.

Razón por la que hurgo

en mi interior y me desola

encontrarme conmigo

en ese callejón de la conciencia,

tan propicio a tachar de insuficientes

las creídas virtudes.

Sin otra solución,

me remito

a elevar la sombrilla

y, con ella, mi espíritu.

(De Museo interior)

Como ave de altura, silenciosa,

que no rozara el polvo ni la muerte,

sino el vuelo rasante de la dicha,

presumo tu llegada.

Ese contacto lento, penetrante,

anudando pasión, extrapolando

los cuerpos a la cumbre

donde el rayo no quema,

ilumina.

Hágase al fin la luz (vaharada de luz),

equivalencia

de la luz y las sombras.

Será un vuelo de amor, riesgo asumido,

connubio que aclimate

los ecos de este rito, mi aventura

de creerme mujer enamorada

y engendrar un lenguaje

común e intransferible.

Como la tierra fértil a la lluvia,

ávidamente espero.

Y ¿cuándo, amor, tu dedo en mi nostalgia?

 

(De La hoguera infinita)

Amarte en el silencio agorero de julio,

bajo las lilas

del tormentoso mayo.

Amarte sobre el tiempo

(sin tiempo ni demora).

Amarte más allá de los sueños y los días,

en la piel de los gatos y en la fuga

del ciervo; en el galope de todos los caballos

y en el canto del cisne.

Amarte sobre todas las lunas y relojes.

Sobre todas las cumbres y los valles.

Bajo todos los puentes y las piedras.

Amarte simplemente, aunque fuera

en el filo de la última luz

que poblase mis ojos.

Amarte en la locura de saberte

perdido y nunca hallado.

Amarte

con la contemplación que te contemplo.

(De La hoguera infinita)

Es el encuentro mismo con quien eres. Es el espejo innato que no miente. La plaza te circunda. Oh, París. Boulevard Saint Germain. Los árboles al fondo, tan lejanos y efímeros, representan la sutil referencia que hoy necesitas para seguir viviendo. Se han caído al fondo de tu alma las paredes de entonces, y sabes de tu esencia. Media vida, mil años de estrecha compostura y raigambre con los fines de un hombre. Enderezas el tiempo y te resistes a rodear la plaza. El cielo es tan azul como en Sevilla. Y el Sena te recuerda a otro río. Es habitable el mundo si hallas tu ciudad en cualquier parte.

 

(De Media vida)

Llueve. Llueve sobre la misma lluvia. La lluvia con su color de lluvia me inunda de nostalgia y me humedece y me sostiene en total anonimato. Aprovecho ocasión para saber cómo sería el mundo, mi calle, bajo esta misma pátina acristalada que desdibuja jardines y memoria y pinta una acuarela deforme, que permite pensar en la caducidad de la materia, su fugaz apariencia bajo la lluvia y ver cómo se desmorona lo perdurable y fiel. Me convierto en materia de lluvia y me dejo llevar por la metáfora de ser lo que no soy o lo que puedo ser, bajo esta lluvia cándida que me absorbe, que me hace creer que levito y me abstraigo y me volatilizo sobre todas mis querencias y raíces.

(De Donadío)

Todo es posible

en el mar del espejo.

Cabe profundidad y lejanía,

ecos de infinitud

que se asemejan

al futuro imprevisto.

Es simplemente agua,

o simplemente azogue,

vecino del misterio,

puerta de lo invisible.

Tal vez fascinación por duplicar

lo que creemos ser.

(De A cuerpo limpio)

Digo Sur y me conformo.

Después, el mar. Gibraltar a la espera.

Las columnas de Hércules, más allá,

cansancio de la historia.

Navega su añoranza Menesteo

y los hombres de aquí

conquistan el Atlántico.

Basta sólo creer:

Puerto de Palos, gloria,

las joyas de la reina…

No se fueron los moros.

Mirad a Boabdil

regresando a sus lágrimas.

Giralda y medialuna, alhambra y jornalero,

Andalucía y grito.

Catedral y cabildo para sermón y fuga.

 

(De Derrota de una reflexión)

Apareces como la luna nueva. Como un potro salvaje perforas mis sentidos, avasallas la noche y traspasas el vidrio. Imperativamente pides una resolución, una quimera, un urgente deseo: “quiero verte”. Como si fuera fácil dominar el ojo caprichoso del milagro, la luz que no se enciende, el módem que se apaga, el reclamo agresivo de la urgencia y el todo por venir. Ahí, en el silencio y la potencia de lo que puede ser, me siento avasallada, e inútilmente busco los recursos de contactar contigo y preguntarte: ¿en qué botón reside la esperanza?

(De Cibernáculo)

Persigo tu presencia como a un astro en medio de lo oscuro, cuando dios me proclamo y te voy configurando a mi medida. Estás y me saludas con una mano en alto, mientras yo te respondo con estos cinco dedos de alegría. ¿Qué me ofrece mi amable caballero? No repitas que soy la única mujer de tu universo. Más vale que analices tu órbita y prepares tu nave con urgencia para un aterrizaje. Ahí nos amaremos cuerpo a cuerpo como dos principiantes, convencidos de que hemos hallado en esa entrega, el valor suficiente para gritar al mundo: “no pasen, no molesten, no fastidien”.

(De Cibernáculo)

Ya no sé si creerme o confirmarme que todo fue un juego, o tal vez la ficción desmesurada de un contacto que llega con ventaja. Me detengo delante del espejo, me acicalo, me pinto las mejillas, me disfrazo de novia que espera tras la cámara. El amante no llega, se deshace en el aire, no conecta o aparece de pronto enamorado. Me confiesas que tomaste cerveza y maldijiste tu sombra y tu destino. Y aquí me quedo yo engalanada sopesando la angustia, descubriendo tus caras tan poliédricas, diciéndome que a un hombre no se llega con ternura, sino con ciertas dosis de veneno.

(De Cibernáculo)

Estoy en mi refugio más secreto:

imaginando,

perdiéndome de mí,

haciéndome invisible,

convirtiéndome en vieja trascendencia,

en espíritu puro,

en ciego vigilante.

En percha,

para colgar mi cuerpo si aparece.

 

(De Donadío)

Si yo pudiera darte

la savia de la vid,

la fuerza de los montes,

la paz de las esferas,

el agua cristalina

de las fuentes ocultas.

Si yo pudiera tanto…,

no estaría pensando

cómo hacerte feliz con mis palabras.

(De Donadío)

DESPEDIDA

 

Cómo olvidar las sombras de la tarde

invadiendo tu rostro

en larga despedida.

Tal vez quedaron en el viento

tus palabras amables.

Mas yo, conmocionada, me retraje,

sin saber qué decir:

Y te estaba perdiendo, te perdía

más allá de mis ansias y del tiempo.

Todavía me pesa aquel silencio,

cuando fui a la deriva por las calles,

masticando el dolor,

buscando una respuesta sin hallarla.

Otra vez te distancias, me hipnotizas,

me hieres, me seduces, me traicionas.

Me impides contemplarte como quiero,

mientras busco el sentido de la palabra AMOR

y me disculpo por haberte amado.

No hace falta la noche para soñar un lecho.

Y siempre en ese vals acompasado:

buscándote, buscándote, buscándote…

Tratando de olvidar

el verso más amargo de la ausencia.

(De Como si fuera cierto)

PUERTA

Y si llamaras tú, y si llamaras

pidiéndome una cita, pidiéndome tal vez el corazón,

tal vez alguna rosa como en sueños.

Y llamaras de noche o llamaras de día,

con tu verbo encarnado de amante,

con tu misma pasión, alimentando

mi bosque de deseos, la púrpura y la sangre;

y el vuelo entristecido del crepúsculo

se iría a otro lugar, nunca a mi casa.

Dulcemente llamarías a mi puerta, vagamente,

con la suavidad del horizonte y el nacimiento del mar

en la mañana. Si de verdad llamaras a mi puerta

con tu voz de antiguo pregonero, resonarían las fuentes

y los ciclos del tilo y de las nubes.

La puerta se abriría con sus goznes

cantando de alegría. Si llamaras no habría más tristeza

en las paredes y el aldabón de mano quedaría en el aire

celebrando el milagro.

Ay, si llamaras con la dulzura del papel de seda y la cadencia azul

de todas las campanas.

Entonces, yo desplegaría mi alma y mis mitades.

(De Como si fuera cierto)

CENTINELAS

 

Ahí estamos,

cada cual en su orilla.

Como dos centinelas.

Como dos contrincantes

enamorados,

que ambos le desean

al otro la victoria.

(De Como si fuera cierto)

 

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COMO EL MAR

Él llega como el mar, avasallando,

muriéndose en mis rocas, reinventando

la vida, ilusionándome con todo

su oleaje. Me inunda de caricias,

me salva, me seduce, me transporta

del suspiro al ahogo, del quejido

a la risa; al tiempo que despierta

ocultas melodías en mi cuerpo.

Él se va como el mar,

dejando tras de sí

su memoria en la arena.

(De Como si fuera cierto)